01.- LA ESTANZUELA

Sólido portón de ingreso a la Hacienda de la Estanzuela. De este modo quiso sortear el vendaval político que estremeció al país.

Un sabor de ceniza se nos ha adherido tercamente al paladar. Veníamos caminando por estos rumbos; contemplamos cómo la tierra quedó desnuda otra vez y cómo se entristece el horizonte en el gris apagado de su soledad.

Vemos todo eso y un sabor de ceniza nos angustia interiormente. Lo que fue una hoguera enrojecida, lo que ardió en viva llama de fiesta y de alegría; el juego del fuego en su misterio de vida… todo ha venido a dar a esta ceniza negra y amarga como la muerte.

Que todo se acaba, que la ley de la vida es la ley de la muerte; que todo viene a dar en este reposo de cenizas que no son sino una acusación dolorosa de nuestra inevitable derrota. La tierra ha vuelto a su silencio, un silencio imponente que lo cubre todo y que no se despierta ya ni con el vuelo negro de los tordos que aletean en vano por entre las sementeras cosechadas.

Así caminábamos por el rumbo de Etzatlán o de San Marcos, pero no llegamos hasta allá, porque antes, a la izquierda, nos atrajo el perfil siniestro de unas ruinas que se dibujaban en la luz desvaída de aquella tarde, antes de llegar a Teuchitlán.

Y torcimos el rumbo ya anticipándonos la visión desoladora de un montón pavoroso de escombros. Penetramos por entre callecitas de tierra y corraleras de piedra y hierbas secas, como quien llega a un lugar prohibido, como quien invade un sitio vedado, como quien va a profanar la trágica quietud de un camposanto.

Todavía un pórtico majestuoso, el último vestigio de un pasado. Sobre el ático encalado, el relieve de unas letras que indican el nombre que esto llevó: Hacienda de La Estanzuela.

Nada más eso quedó en pie. Alrededor se extiende, en podredumbre, el conjunto de ruinas más impresionante. Escondrijos ahumados, montones de ladrillos, restos de lo que fue una soberbia construcción, pasadizos y celdas os­curas como cárceles medioevales.

Hemos ido avanzando más y más por entre aquellos deshechos, como quien avanza por entre un mundo de carroña, como si en esos muros que se mantienen de pie estuviera atestiguándose viva la maldad que redujo todo esto a tan lamentable estado.

Al fondo encontramos una sala de dimensiones increí­blemente enormes. Es un juego de bóvedas oscuras y ahumadas que se unen y combinan para formar aquel galerón inmenso como de una basílica romana, sino fuera por lo bajo y achaparra­do de las mismas bóvedas.

Quisimos acercarnos y entrar en aquella imponente cavidad donde no pueden vivir sino los murciélagos. Y nos detuvimos atemorizados por un lamento apagado que ve­nía desde aquella oscuridad; era como un sisear casi imper­ceptible y en otras ocasiones como un resuello agitado y convulso que terminaba siempre en un ay adolorido.

Nosotros no creemos en espantos; nunca hemos podido aceptar una manifestación preternatural de esta índole, y sin embargo, en aquel momento, algo nos hizo flaquear.

De entre aquellas sombras salió de pronto una señora que adivinó sin duda alguna nuestro espanto, y tratando de explicar las cosas nos dijo que los gemidos aquellos provenían de un señor enfermo; que el subterráneo aquel está compartido en varias viviendas y que en una de éstas habita aquel hombre.

La misma señora quiso desde aquel momento darnos todas las explicaciones que nosotros le pedimos. No muchos datos sólidos en realidad, sino más bien la queja de ver que todo aquello se está acabando y de saber que muy pronto no van a poder vivir aquí quienes se apoderaron de estas ruinas.

Nos muestra otro enorme galerón con techo de bóve­da, también cuarteada y a punto de desplomarse. Dice la señora que no hace mucho se incendió esto por la malevolencia y venganza de alguien que prendió fuego al rastrojo almacenado allí. Se estremecieron los muros al empuje del fuego y tronaron las bóvedas en cuarteaduras impresionan­tes.

Allí está otro patio enorme, que correspondió también a otra sala en los buenos tiempos de la hacienda. Todavía aquí vienen de vez en cuando unos titiriteros y aprovechan el corralón para funciones nocturnas que se alumbran con mechones de ocote o de petróleo. Nos explica esta señora que el presidente de la comu­nidad, con acuerdo de todos los miembros, autoriza el usufructo de los recovecos que quedan todavía como cubí­culos dantescos de un purgatorio vivo.

Y se duele del espíritu de ventaja y avorazamiento de la gente. Destruyen, desbaratan, tumban, aprovechan cada uno lo que mejor encuentra: un trozo de madera, una puerta, unos bloques de cantera. A veces ni siquiera tienen utilidad de aquello que destruyen; es sólo el afán de des­truir  por destruir.

Restos de la soberbia construcción, convertida cada
día más en un hacinamiento de escombro y basura.

Y como en realidad nadie se siente dueño legal de nada, como estas casas aparecieron un día a merced de todos y a nadie costaron nada, todo está expuesto así a lo que la incuria y el salvajismo anónimo del vecindario quie­re hacer en aquellas edificaciones.

Más espoleados por el espectáculo deprimente que te­nemos a la vista y lo que esta señora nos dice acerca de la irresponsabilidad con que cada día se sigue destruyendo, le pedimos nos guíe hacia una persona que tenga algunos antecedentes históricos más concretos, fechas, nombres de los dueños antiguos, peripecias históricas. Somos llevados a otras dependencias de la hacienda, lo que fue propiamente la casa de los hacendados. También estas ruinas son poseídas por miembros de la comunidad agraria  que se sirven de ellas a mejor poder.

Es un tendajón de muros altísimos y techos de hoja­lata, colocados después del incendio de esto.

Casilleros im­provisados de madera: refrescos, dulces, pan, prendedores, sombreros y toda esa pintoresca variedad de la más disím­bola mercancía, olor penetrante de petróleo y panocha, que conocemos en los tendajones del pueblo.

El dueño es un señor gordo, de una pálida adiposidad que remueve y agita trabajosamente en los soplos del asma. Se sale del mostrador y se olvida de la clientela para poner­se a platicar a sus anchas. Resuella con fatiga y tiene que hacer espaciadas pausas, pero luego sigue y renueva una vez y otra el hilo de sus recuerdos.

Habla de los dueños antiguos de la hacienda y mencio­na a don Manuel Rivas, después a un hermano de éste, don Jesús Rivas, El último dueño fue don Guillermo Collignón.

Pero asegura y trae el testimonio de su señor padre, que todo esto perteneció a don Hilarión Romero Gil, un nombre orlado con aires de leyenda que pronuncian por estos rumbos con manifiesta devoción… la riqueza increí­ble de don Hilarión y también su increíble generosidad… La influencia de este señor en toda la región y el respeto y la consideración que le guardaban las más altas autorida­des.

Nos dice el tendero que cuando pasaba por aquí la “cordada” conduciendo a algún preso de Ahualulco, de Etzatlán, sabían los familiares de aquel miserable que una palabra de don Hilarión podía destejer definitivamente los pasos de la justicia. Y venían las esposas, las madres  a suplicar al hacendado que intercediera en aquel trance.

Nunca decía que no, don Hilarión, y se salía al camino, a la sombra del mezquite aquel que nos señala todavía el hombre de las cansadas añoranzas; ya se tenía más o menos calculada la hora en que pasaban por aquí las cuerdas de presos. Se ponía don Hilarión al paso de aquellos hombres y levantaba nada más una mano. Se detenía la comitiva. Hablaba unas cuantas palabras con el jefe de la escolta y eso era todo. El preso era liberado de las gruesas ataduras que le sujetaban las manos por detrás y era entregado al hacendado quien se preocupaba él mismo por dar trabajo a aquel sujeto y por estar al tanto de su reivindicación.

Nuestro amigo tendero ha hecho una larga pausa. El relato le ha emocionado y tiene que tomar un punto de sosiego; apenas unos instantes porque luego quiere declararnos con vehemencia: la verdad, aquellos tiempos fueron muy diferentes a éstos. Le voy más a aquellos tiempos que a éstos.

Luego ha traído la conversación a la época tan difícil de la Revolución. Según asegura, estos llanos y estos pequeños montecillos que rodean la hacienda, fueron escenario de los encuentros más rudos entre las diversas facciones que encabezaron los históricos bandos.

Hasta con las uñas, en violenta persecución contra las haciendas, trataban de desollar y dejar en ruinas los nobles y recios edificios.

Habla del general Diéguez, de Julián Medina, de Lucio Blanco, y describe las maniobras y escaramuzas, las luchas violentas y las huidas desesperadas de unos o de otros.

Dos imágenes en lo particular se han grabado profundamente en el recuerdo de nuestro amigo: una se refiere al rítmico sonar del tamborcillo de los indios yaquis que participaron en las contiendas… Un monótono, aburrido, cansado e incansable sonar de aquel tamborcillo mientras pasaban los hombres de facciones temibles, fiereza y salvajismo que hacían a los pobres vecinos temblar de miedo.

Aparte de esta imagen auditiva, otra que se refiere especialmente a la fetidez que se respiraba por aquellos días. Uno no se imagina cómo pudo mancharse el aire limpio y azul de aquellos lugares con la corrupción de tantas reses muertas que nos dice este señor, abundaban por todos lados.

Con la frescura más irresponsable del mundo, aquellos revolucionarios echaban mano de una vaca, de un buey, del animal que primero se encontraban y lo degollaban para proveer su alimentación. Comían sólo las partes mejores de la res y lo demás lo dejaban allí.